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-¿Acaso importa? -preguntó Sangstrom. No es suficiente con que yo pague por...

Cuando las naves aterrizaban, sin embargo, era los soldados de infantería quienes debían hacerse dueños del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase.

—Te agradezco que hayas parado —dijo Dreena, suspirando.

—Deténgase, doctor, o apretaré el botón ahora mismo. Deme tiempo para que le explique.

-¡A quién se lo dices! -replicó el demonio, riendo burlonamente.

Así lo decidió un día cuando, después de enfermar de neumonía y ser llevado a un hospital de Moscú, comprendió, tras escuchar una conversación entre el doctor y una enfermera que pensaban erróneamente que dormía, que esperaban su muerte en un plazo de horas.

Inmediatamente después, volvió al hotel y subió a la habitación. Su esposo, George, roncaba sonoramente… como siempre.

¿Tendría el Poder? Lo probó la mañana siguiente, antes de que ella se marchara; le preguntó cuánto dinero tenía y se lo pidió. Ella le entregó todo lo que llevaba: algunos cientos de dólares.

El farmacéutico asintió. Salió del mostrador y cerró la puerta principal del negocio, luego caminó hacia el vano de la puerta detrás del mostrador. -Iba a tomar una taza de café -dijo. Venga conmigo y tómese una.

O en casi todos: quedaría al frente, respaldado por una mayoría, y sería fácil meter en vereda a los demás, posteriormente.

Sin embargo, los reconocieron y supieron lo que eran.

Aquella era una versión más simplificada. El fakir, con un pequeño rollo de cuerda dispuesto en el suelo ante sí, repetía una y otra vez unas cuantas notas con la flauta; y gradualmente, a medida que tocaba, la cuerda se iba levantando en el aire para quedarse rígida.

Pero la señora Michaelson no estaba escuchando a su marido. Estaba sujetando la barra cerca de un tiesto de margaritas en el alféizar. Después de un momento soltó la barra y sacó un pequeño revólver de su bolso. Disparó primero a su marido y después a su ayudante, la señorita Willson.

Resulta interesantísimo especular acerca de lo que hubiera ocurrido si el almirante Barlo, al final de su viaje, hubiera reconocido a Venus con el tiempo suficiente para evitar su destrucción. Pero tal especulación es inútil; posiblemente no podría haberlo reconocido, porque lo había destruido ya: de no ser así no hubiera estado allí como almirante de la flota enviada para vengar aquella destrucción. El pasado no puede modificarse.»

No había sido utilizado porque la guerra entre la Tierra y Marte absorbía todos los recursos de ambos planetas, y el motor de propulsión C-plus no ofrecía ninguna ventaja estratégica dentro del Sistema Solar, puesto que sus distancias no exigían velocidades superiores a la de la luz.

Afuera, la noche era silenciosa y estrellada. En el salón de la casa se respiraba un ambiente tenso. El hombre y la mujer que allí estaban se contemplaban con odio, a unos pocos metros el uno del otro.

El pequeño farmacéutico dejó escapar una risita. -No se atreva a usar eso. ¿Puede encontrar el antídoto -señaló los estantes- entre esas miles de botellas? ¿O quizás encuentre un veneno más rápido y virulento? O si cree que estoy mintiendo, que en realidad no está envenenado, adelante, dispare. Sabrá la respuesta dentro de tres horas cuando el veneno empiece a hacer efecto.

Sangstrom palideció. Pero ya había anticipado -no esto sino la posibilidad de una traición o alguna especie de chantaje. Sacó una pistola de su bolsillo.

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