—Eso es precisamente lo que voy a hacer. He ajustado el aparato para sesenta años atrás mientras ustedes charlaban.

Pudieron alimentarse solo una vez con la sangre de una tierna perrita, pero los canes los persiguieron hasta su máquina del tiempo y tuvieron que emprender nuevamente la huida.

Y que solo robase el gato. A veces descubría dinero a la vista y en otras ocasiones hallaba joyas; pero no les prestaba la menor atención. Al volver a casa los propietarios, se encontraban forzada la puerta o una ventana, que el gato no estaba y que nada había sido robado o revuelto.

Ahora se luchaba planeta por planeta en una guerra amarga. Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento; el día era crudo, con un viento que dolía en los ojos. Pero los extranjeros estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.

Y temía emplearla en sí mismo, porque no tenía la seguridad de querer ser inmortal. Tal como estaban las cosas, incluso en la U.R.S.S., por no mencionar el resto del mundo, ¿valía la pena vivir para siempre?

A continuación se dirigieron hacia el planeta más próximo partiendo del Sol: la Tierra.

El temor a la muerte demostró ser mayor que el de la inmortalidad, cualquiera que fuesen los riesgos que esta trajera, así es que, tan pronto como el doctor y la enfermera abandonaron la habitación, rompió la cápsula y tragó el contenido.

Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad.

En el momento en que se producía el ataque a Venus, las flotas de la Tierra y Marte estaban maniobrando en orden de combate cerca de la Luna.

—Lo lamentarás —dijo, clavando la aguja en el pecho de la figura de cera.

—¿Eso crees? Mira, tengo cera y una aguja de sombrero. Dame un mechón de tu cabello o un trocito de uña, no necesito más, y te lo demostraré.

Fuera, en lo que había sido una noche silenciosa, una flor roja aumentaba de tamaño y se alzaba hacia el cielo destruido.

Era una hermosa vida; pero, una semana después, Snell recapacitó y pensó que estaba desperdiciando su Poder.

Eso le dio a Larry Snell algo en qué pensar. No era un ignorante; sabía bien lo que era el mal de ojo. De hecho, ya lo había intentado antes pero sin resultado. ¿Había cambiado algo acaso? Valía la pena probar. Hizo una cuidadosa lista de veinte personas a quienes, por una u otra razón, odiaba; las llamó por teléfono una por una, espaciando las llamadas en el curso de una semana, y a cada una le dijo que se muriera. Lo hicieron, todos.

El señor Walter Baxter fue durante mucho tiempo un ávido lector de historias de crímenes y detectives, así es que, cuando decidió asesinar a su tío, sabía que no debería cometer un solo error.

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