El farmacéutico asintió. Salió del mostrador y cerró la puerta principal del negocio, luego caminó hacia el vano de la puerta detrás del mostrador. -Iba a tomar una taza de café -dijo. Venga conmigo y tómese una.

Y que, para evitar la posibilidad de caer en el error, la simplicidad habría de ser la nota dominante. Simplicidad absoluta. Sin preparar ninguna coartada que pudiera fracasar. Sin modus operandi complicado. Sin huellas.

Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

-No del todo -dijo el doctor Michaelson-. Al contrario de lo que piensa la gente, las flores tienen un cierto grado de inteligencia.

Los grandes descubrimientos perdidos III: La inmortalidad

Ahora se luchaba planeta por planeta en una guerra amarga. Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento; el día era crudo, con un viento que dolía en los ojos. Pero los extranjeros estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.

La palanca abrió la ventana con facilidad y sin hacer ruido. Entró a la estancia. La puerta de la habitación estaba abierta, pero al no oír ningún sonido procedente del interior, decidió terminar primero con los detalles del robo. Sabía dónde guardaba su tío el dinero, pero era preciso provocar un cierto desorden: como si se hubiese producido una búsqueda. Tenía suficiente luz de luna como para ver con claridad el camino; se movió silenciosamente…

Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector.

Por aquella razón -si es que quisiéramos extendernos sobre lo obvio, cosa que haremos-, los periódicos y el público empezaron a llamarle Ladrón de Gatos.

-Yo soy quien creó el universo que tú acabas de desaparecer con tu deseo. Y ahora has tomado mi lugar. Hubo un profundo suspiro. -Al fin puedo abandonar mi propia existencia, encontrar el olvido y dejarte a cargo.

Pero la señora Michaelson no estaba escuchando a su marido. Estaba sujetando la barra cerca de un tiesto de margaritas en el alféizar. Después de un momento soltó la barra y sacó un pequeño revólver de su bolso. Disparó primero a su marido y después a su ayudante, la señorita Willson.

Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector.

Y temía emplearla en sí mismo, porque no tenía la seguridad de querer ser inmortal. Tal como estaban las cosas, incluso en la U.R.S.S., por no mencionar el resto del mundo, ¿valía la pena vivir para siempre?

Afuera, la noche era silenciosa y estrellada. En el salón de la casa se respiraba un ambiente tenso. El hombre y la mujer que allí estaban se contemplaban con odio, a unos pocos metros el uno del otro.

Cuando las naves aterrizaban, sin embargo, era los soldados de infantería quienes debían hacerse dueños del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase.

A continuación se dirigieron hacia el planeta más próximo partiendo del Sol: la Tierra.

La última parada, medio millón de años atrás, les había mostrado un mundo gobernado por los perros… un mundo de perros, al pie de la letra: los seres humanos se habían extinguido y los perros se habían civilizado, ocupando el lugar del hombre.

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